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Amenábar, 1952
A veces
ir hacia atrás es esquivar la muerte
hasta morir un poco.
Recibir en el pecho ahuecado
el esférico azar,
magia del aún y el después,
dominarlo, matarlo
bajo amenaza de zanja lateral,
cuando el increíble amago
frunce su ceño en postergados plazos.
Una tarde cualquiera en Buenos Aires,
con las chatas entrando al corralón
y el amor escondido en un portón,
mi umbral adolescente,
recién tocado por viento funeral,
se demuda en caricia avara y cielo desmedido.
Bala ataúd, el camión desbocado
hiere la calle de árabes acentos.
La pelota, planeta cotidiano,
primadonna de la felicidad,
sobrevuela en su órbita soñada
la ráfaga póstuma,
guía el retroceso
del nido corporal que la domina.
Su comba supera los leños de la carga
cuando la sombra de exterminio ahoga
la voz de la inocencia.
Tampoco habla su lengua forestal
el ciego pedazo de arboleda
que el camión conduce.
Crudo silencio
cada nuevo nacimiento.
Muda es la salvación
que trae la parábola.
Bahía de ternura,
ruptura intacta,
la Nao Isabel
con sus senos en proa,
desbordado altorrelieve de la carne,
inclina entonces hacia mí
su fragante madurez de mujer madre.
Con el bajo envolvente de su voz
suscita la palabra.
Voz restauradora de la voz,
diosa de la casa negra,
mujer de balcones derrumbados.
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